Arte y ciencia, de las guitarras eléctricas a las biocomputadoras

Nowallsfactory, Zaragoza 2002 Nowallsfactory, Zaragoza 2002

Fermín Serrano Sanz - 19/05/2015

Gracias a una rápida y explosiva carrera, a finales de los años 60 Jimi Hendrix transformó el rol que la guitarra eléctrica tenía en la industria musical. Con un talento y creatividad destacados, el músico experimento con elementos -guitarras, amplificadores y efectos- que existían desde unas pocas décadas y los llevó a otro nivel. Experimentó con las nuevas tecnologías de aquel entonces, ya que desde el segundo cuarto del siglo XX los ingenieros, científicos y artistas de firmas como Fender, Gibson o Rickenbacker estaban creando nuevos instrumentos que rápidamente ganaron popularidad y aceptación mundial. Pero fue Hendrix el que puso a la guitarra eléctrica al frente de todo, le dio un papel protagonista en su proceso creativo y con este salto conceptual forjó su leyenda entre propios y extraños. Hendrix es solo un ejemplo más de cómo un artista puede alterar el uso, la percepción y el desarrollo de un elemento más o menos común en nuestras vidas. 

Para mi entender, el arte y la ciencia son dos de los elementos principales de la cultura que siempre han estado mirándose y jugando conjuntamente. Enriqueciéndose continuamente. Hablar de arte y ciencia es como hablar de dos hermanos gemelos, que tienen vidas paralelas con muchas cosas en común. Cada sistema produce conocimiento y cambios en la consciencia -individual y colectiva- que nos hacen progresar y cambian nuestras vidas. Aunque se mire lo mismo, son puntos de vista complementarios que nos permiten entender mejor lo que nos rodea, como si de dos lentes o filtros distintos se tratase. En muchos casos, las fronteras son difusas y tanto los métodos empleados como los resultados conseguidos pudieran pertenecer a un plano o a otro sin más que cambiando el título de la obra realizada. 

Dos de los últimos ejemplos: 

El abanico de posibilidades de financiación público y privada para desarrollar arte por un lado y ciencia por otro lado es inmenso. No hace falta listar aquí todos los programas y convocatorias de ayudas a nivel local, regional, nacional y europeo. Quiero simplemente destacar dos iniciativas que vienen cada una de un programa distinto y que buscan acelerar la mezcla, la conjunción de arte y ciencia, involucrando a todo tipo de actores.

En primer lugar, hay un proyecto (cofinanciado por el programa Europa Creativa) en marcha en el que la Fundación Zaragoza Ciudad del Conocimiento ya tiene un lugar destacado: la red europea de arte digital y ciencia, que integra centros de arte y organismos de investigación científica para producir una serie de contenidos innovadores fruto de residencias y de eventos compartidos con actores y espacios referencia a nivel mundial (por citar algunos, Ars Electrónica, CERN y ESO). Zaragoza como tal es otro de los escenarios participativos-expositivos que en los próximos meses realizará una serie de actividades para fusionar ambos mundos también con los actores locales.

Por su parte, dentro del Horizonte2020, se espera que en 2016 habrá una convocatoria llamada STARTS (S&T&ARTS, por Science+Technology+Arts) que facilitará la integración de artistas en proyectos de investigación y de innovación europeos. La idea es que habrá proyectos transdisciplinares para atacar problemas concretos así como eventos, residencias y premios. Este programa será otro impulso para las colaboraciones que rompen moldes en el sentido más amplio del (desgastado) concepto de innovación y que mezclan a artistas, ingenieros, diseñadores, científicos y demás agentes.

También la Universidad de Zaragoza ocupa un puesto de liderazgo en estos temas de integración de ciencia-arte-sociedad-política. Tras casi 10 años ya trabajando en ciencia ciudadana (en todas sus vertientes), somos referencia gracias a los casi 40 proyectos de investigación participativa y a los 50.000 voluntarios que han colaborado alguna vez o que lo siguen haciendo regular y desinteresadamente, tanto en el marco de la Fundación Ibercivis o bajo proyectos de investigación colaborativos, como Socientize. No cabe duda que el experimento de inteligencia colectiva que hicimos en el Sónar+D del año  pasado de la mano de los zaragozanos Miguel Angel Mercadal y RdeRumba fue uno de los ejemplos más frescos de cómo salir de la caja y llevar la ciencia a donde la gente no se lo espera. Con un amplio rango de derivadas, este proyecto bebió de influencias muy diversas y quisiera destacar dos aquí: en primer lugar el trabajo colaborativo de Aaron Koblin para el Johnny Cash Project y también la sonificación de las torres mudéjares aragonés completada por parte del zaragozano José Ramón Beltrán. También desde Socientize, a finales de 2014 se publicó el Libro Blanco de la Ciencia Ciudadana como resultado de un proceso participativo de política científica ciudadana con más de 200 contribuciones de individuales e institucionales. En este documento, que ya está siendo usado como referencia por parte de varios servicios de la Comisión (DGs CONNECT, RTD, JRC) y por parte de otros estados miembros para estrategias nacionales, también se destaca el papel que deben tener los artistas y otras aproximaciones culturales para enriquecer los procesos de interacción ciencia-sociedad. La visión disruptiva de los artistas debe servir a muchos investigadores para volver a cuestionarse si están sacando el máximo provecho a las herramientas que tienen a su alcance, cambiar su propia percepción de su trabajo y de la sociedad de la información para enriquecer sus metodologías. Para buscar nuevos retos y nuevas aproximaciones en definitiva.

Aprovecho estas líneas para reconocer también al grupo de pensadores que hace 10 años ya tuvieron la visión estratégica para planificar una serie de acciones que están dando lugar a este tipo de oportunidades. Hay que destacar el papel que tuvo el programa de Ciudad Abierta de Zaragoza para colaborar con la Universidad y llegar al puesto privilegiado en el que nos movemos hoy en día. Y cada vez tenemos más y mejores proyectos así como nuevos espacios de encuentro y equipamientos para trabajar y llevar las ideas de estos proyectos transdisciplinares a la acción y a la práctica experimental.

Volviendo con Hendrix, dijo alguna vez que se consideraba un mal guitarrista porque no era capaz de plasmar con la guitarra lo que tenía en su cabeza. Entiendo que más que un problema de capacidad o de técnica interpretativa, eso se tenía que deber a que las tecnologías disponibles no estaban a su altura. Nos quedaremos siempre con la curiosidad por saber qué hubiese salido si las colaboraciones que Hendrix mantenía en el estudio y en el taller con otros investigadores y desarrolladores hubiesen durado más tiempo, por ejemplo usando los entonces emergentes sintetizadores digitales de Robert Moog. Pero todavía tengo más curiosidad por saber quién llevará los nuevos instrumentos que están apareciendo estos días, como el que está creando Eduardo Miranda durante nuestros días, hasta el punto de poder sacar todo lo que tenga en su cerebro. 

 

Rafael Araujo, Caracas 2014 Rafael Araujo, Caracas 2014

 

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